El comienzo de la penetración imperialista en la economía ganadera

Por lo demás la industria norteamericana se hallaba hacia fines del siglo XIX madura para tentar la exportación de capitales. El ”trust beef”, como se llamaba popularmente a la combinación formada por los cuatro grandes de la producción de carne, habían logrado un desarrollo extraordinario. Inmediatamente de constituido, es decir, durante los primeros años de los 1890, faenaba en condiciones normales 40 mil novillos diarios; atendía con ello al consumo de la mayor parte del territorio de los Estados Unidos y al amparo de los transportes frigoríficos oceánicos proveía con animales en pie primero, y con carne congelada luego, al mercado de Londres. Durante el año 1901 la exportación de cuartos congelados de Estados Unidos a Gran Bretaña era de casi 2 millones. Las cuantiosas ganancias obtenidas en la provisión al mercado interno, fueron primeramente invertidas en la expansión de ese mercado hasta recordarle dimensiones verdaderamente nacionales; luego vino la etapa de inversión en industrias subsidiarias. La del vacuno, el ovino y el porcino, había alcanzado tal grado de diversificación, cubría capítulos tan extensos, que ni apelando al recurso que suponía el veloz crecimiento de la población norteamericana y la ampliación del mercado que implica la creación de nuevas mercancías, admitía indefinidamente otros aportes de capital. Por otra parte, la escala de salarios, debido a causas que no es la oportunidad de enumerar, había ascendido de manera sistemática, y ya sea a causa de ella, ya en razón de las voluminosas inversiones que suponía la guerra de absorción del mercado, los capitales excedentes, cada vez en mayor proporción debían desembocar en el mercado exterior. El desplazamiento hacia lugares apropiados era pues una exigencia impostergable a principios de este siglo. Y ese desplazamiento no podría realizarse más que a zonas en las que la existencia de la materia prima fuese apropiada a la fabricación y donde el costo de producción, es decir los jornales, asegurasen un margen justificativo. Los países o lugares que reunían tales condiciones eran: Argentina, Uruguay, la zona sud del Brasil, Australia y Nueva Zelandia. Durante la primera decena del presente siglo, la industria frigorífica norteamericana invadió las regiones aludidas; adquirió establecimientos en producción, instaló otros, tomó, en suma, posesión del mercado de producción y continuó la obra ya iniciada de dominar el mercado de consumo. La incorporación a la Argentina del capital norteamericano afectado a la industria frigorífica imprimió a ésta un impulso enérgico. Las vinculaciones comerciales, que, por otra parte, nunca habían ocupado un lugar prominente, se habían extinguido bastante a medida que Estados Unidos abandonaba sus compras de lana en Argentina. Hemos hecho referencia a la circunstancia que en 1899 en el puerto de Buenos Aires se registró la entrada de un solo barco con bandera norteamericana; no era comúnmente fácil establecer esa vinculación por-que entre la Argentina y los Estados Unidos no existían líneas regulares de vapores; la comunicación entre ambos países hasta 1918 era preciso realizarla por intermedio de Europa. Pero a partir de los primeros años de este siglo el capital norteamericano comenzó a superar sus fronteras; invadió prácticamente Cuba y Venezuela en demanda de azúcar y petróleo; afianzó sus posesiones en Méjico y al amparo del canal de Panamá avanzó decididamente sobre la costa Oeste del continente sud-americano. La salida de sus cauces de ese capital y su consecuente entrada en la Argentina no fue pues una secuela de la ley antitrust Sherman; fue una necesidad vital de la expansión capitalista. Ni la ley Sherman tuvo mayor intervención ni la sensibilidad legalista del Congreso norteamericano influyó de manera positiva en esa expansión. Pocos años después de esos acontecimientos, la ley Webb empujaba al capital imperialista en la obra de penetración hacia zonas colonizables. La ley Webb se oponía en efecto a la formación de trusts destinados a desempeñarse en el mercado interior norteamericano, pero admitía su existencia si ellos estaban destinados a la explotación del mercado exterior. La legalización del imperialismo que virtualmente realiza la ley Webb llegaba por supuesto en tiempo necesario para afianzar el desempeño de un hecho cumplido. La entrada del capital norteamericano en la Argentina tuvo pues una característica apropiada al objeto. Desde luego su propósito inmediato, que consistía en aprovechar la aceptación que tenía en el mercado de Londres la materia prima argentina y en transformarla mediante la utilización del trabajador local notoriamente más barato que el norteamericano, fue realizado de manera paulatina durante los primeros 8 o 10 años de desempeño en el país. El Ministro de Agricultura, en el debate mencionado, cita en efecto las cifras de la exportación de carnes norteamericana y argentina hacia Gran Bretaña ocurrida entre los años 1901 y 1912; puede comprobarse, por esas cifras, que van a continuación, que en la misma medida en que Estados Unidos reducía el volumen de su exportación lo aumentaba la Argentina; esos años coinciden por supuesto, con los de instalación y primeras expansiones de los frigoríficos norteamericanos en la Argentina. Las cifras que siguen expresan pues, cuartos bovinos destinados a Gran Bretaña: Los efectos de esta transferencia en la preparación de la carne congelada fueron evidentemente, una mayor demanda de materia prima y niveles de precios inusitados. Ambas circunstancias favorecieron extraordinariamente al desempeño del nuevo monopolio. Es claro que la flamante combinación llegaba al país en momentos en que el acuerdo monopolista, que actuaba a discreción y lo hacía bajo la apariencia de capital anglo argentino, había deprimido tremendamente las industrias rurales. Al amparo de la mestización que no podía utilizarse sino para satisfacer al mercado exterior, porque las exigencias normales del mercado interior no llegaban a la absorción de una materia prima costosa, y a la prohibición por parte del gobierno británico de importar animales en pie, la actividad de los frigoríficos se realizaba en un terreno de absoluta discrecionalidad. La eliminación efectiva, como en el caso del establecimiento Terrassón, o virtual, como fue la supeditación al consorcio británico del establecimiento Sansinena, colocaba al capital nacional, que había expresado vehementes deseos de participar en la tarea de elaboración, en un plano inferior. El consorcio había establecido por lo demás un precio tope para los novillos que según fue expresado en el debate de 1913 no alcanzaba sino a 80 o 90 pesos, excepcionalmente a 100. Este conjunto de hechos y los derivados de la propia explotación, en cuyo beneficio se imponían al proveedor de carne condiciones destinadas a rebajar aún su intervención y sus rendimientos, habían creado un clima de animadversión hacia el consorcio anglo argentino que la entrada del capital norteamericano fue acogida como una verdadera liberación. Ninguno de los oradores que intervinieron en el debate de 1913, que fue el primero de los realizados con motivo del problema de las carnes, ocultó su satisfacción y su total adhesión a este nuevo actor que entraba al mercado de carnes; ni aún Zeballos, que en su condición de ex ministro argentino en los Estados Unidos y de estudioso de los temas ganaderos había logrado penetrar en lo íntimo del desempeño de los trusts en aquel país, y que efectivamente pronunció frases punzantes, pudo ocultar su profunda satisfacción ante lo que todos creían que involucra la vuelta a la libre competencia.

El Ministro de Agricultura expresó en cierto momento: “Por otra parte, hasta el momento actual la acción de los frigoríficos norteamericanos, lejos de perjudicar los intereses de nuestra industria ganadera, los ha favorecido, desde que ha provocado una gran valorización en el precio de nuestras vacas y novillos; valorización que, desde un punto de vista general, es también benéfica a los intereses del país…”Ciertamente esta opinión fue compartida no sólo por la mayoría de los diputados que intervinieron en el debate, sin excluir al entonces presidente de la Sociedad Rural Argentina que integraba la Cámara de Diputados. Pero lo verdaderamente sorprendente es que todos los oradores, ganaderos o con vinculación directa con los intereses de la ganadería, fundamentaban su esperanza en que el capital británico no habría de dejarse dominar por el norteamericano y que, en esa lucha realmente dramática, ambos se despedazaron en beneficio del ganadero criollo. Imposible hallar mayor candidez, o si se prefiere mayor sordidez, que en este debate. Debe recordarse que uno de los oradores, asumiendo la responsabilidad de los ganaderos de Buenos Aires, amenazó al interpelante con negarle la reelección a causa del planteamiento que había realizado y que a su juicio podía ser considerado inamistoso por el nuevo monopolio.

En ese debate, que a nuestro juicio constituye un acabado y elocuente balance de la primera etapa de la lucha imperialista en la producción y comercialización de la carne, se puede leer que el propósito del trust habría de concretarse mediante el gasto de 500 mil libras semanales a fin de dominar el mercado respecto de sus rivales ingleses, apoderándose de la plaza en 4 semanas; el trust calculaba invertir 2 millones de libras esterlinas para obtener ese resultado. Esta suma se reintegrará fijando luego a los ganados argentinos, y a los ganados de los diferentes países de producción, a un precio menor. No se incluía sin embargo el mayor precio de venta del producto y la diferencia por cierto muy apreciable entre el costo de producción en Estados Unidos y en la Argentina.