Este acontecimiento presenta dos aspectos: el que se refiere al consumo y el que afecta a la producción. El primero está directamente vinculado a la rehabilitación de la economía mundial, que ocurrió en Europa durante la década de los 1920 y que en Gran Bretaña tuvo todo el aspecto de una vuelta a los mejores años de la era victoriana. El refrigerador no era ciertamente un alimento destinado a la clase obrera inglesa, sino a los sectores mejor situados. El predominio del refrigerado en las cifras del comercio de carnes anglo argentino constituye pues, una verdadera superación en la división internacional del trabajo; el congelado puede producirse en otros lugares del mundo, Australia y Nueva Zelandia entre otros, y en realidad, acuerdos posteriores atribuyeron preferencia a la producción de estas zonas, pero el refrigerador no puede producirse y enviarse a Gran Bretaña sino de la Argentina en razón del tiempo máximo que esta preparación puede permanecer en las cámaras. Este detalle, a la vez de naturaleza técnica y geográfica, tuvo una trascendencia considerable en lo referente a la posición de los ganaderos argentinos ante los compradores de sus productos: porque si bien el refrigerador que consumía Gran Bretaña no podía producirse sino en el Río de la Plata, a la vez ningún país del mundo fuera de Gran Bretaña podía consumir en esos años de los 1920 y siguientes semejante tipo de carne. Desde el punto de vista de su producción, la de Chile fue igualmente característica de una época en la economía argentina. Desde luego, las posibilidades de producirlo están directamente vinculadas a la materia prima y a los lugares en que ésta puede ser preparada. Requiere por supuesto animales dotados de alta mestización; predominan en ella el Shorthorn, el Aberdeen y el Hereford, cuyos ejemplares a los dos o tres años alcanzan un peso en pie de 460 a 500 kg. De esas razas se sabe que la primera es la más exigente, la que necesita campos dotados de un grado mayor de preparación y la que fuera de su zona de aclimatación pierde su característica principal que es la precocidad. El cumplimiento de semejantes exigencias ha llevado a límites extremos el fraccionamiento de las actividades del ganadero distribuyendo las entre las del criador y las del invernadero. No todos los campos son aptos para esta última tarea, si bien pueden serlo para la otra. El invernado adquiere pues la producción que el criador no puede poner a punto de acuerdo a las exigencias del frigorífico, prepara al animal en campos alfalfa dos y al realizar una combinación entre la industria ganadera y la agrícola, es quien en definitiva realiza la última gestión en el proceso ganadero, la venta al frigorífico.
El invernadero puede pues desentenderse de todas las agitaciones que implica la producción y la cría. Le basta adquirir los novillos ya criados para recordarles el último detalle de preparación. Pero para disponer de estas atribuciones le es necesario contar con las tierras adecuadas y figurar en la lista de proveedores de los establecimientos. Estas coordenadas terminan por configurar un tipo de ganadero que como lo expresó el presidente de la Sociedad Rural en el debate antes recordado, no trabaja para el mercado interior ni tiene por su desenvolvimiento ningún interés. Él no necesita inquietarse, adquirir sementales, mejorar los rodeos, correr todos los riesgos que supone la crianza del animal, ni por supuesto preocuparse por el consumo de carne en el mercado interior. Le basta que el mercado de Londres continúe reclamando su cuota y que los frigoríficos atiendan sus ofertas de ganado. Los frigoríficos lo harán de manera más asidua y hasta compensarán con mayor largueza las compras que realicen en la misma medida en que el invernado supere el poder económico derivado de la posesión de la tierra e integre o gravite sobre el poder político. Esta circunstancia será ciertamente indispensable para concluir los acuerdos que sea necesario a fin de estimular al mercado de Londres en la permanente demanda de su cuota. El proceso de formación de esta clase, colma el período que transcurre entre 1919 y 1930.
En el primero de esos años ocurre un cambio cualitativo en la producción de carnes cuyos prolegómenos tuvieron lugar hacia 1913, cuando estuvo a punto de realizarse un hecho similar. La pequeña y fugaz incorporación del refrigerador tuvo en esos años la virtud de aglutinar a todos los terratenientes de la zona noroeste de Buenos Aires; ellos aparecen en su cruda realidad con motivo del debate antes mencionado. La guerra mundial postergó transitoriamente esos acontecimientos que en 1919 surgieron nuevamente a la superficie. La crisis de 1922/23 fue el síntoma de su reaparición y las leyes ganaderas de 1923, los medios de defensa intentados sin mayor noción de su responsabilidad por los proveedores del congelado y de la materia prima del refrigerador cuya representación en los organismos corporativos, Sociedad Rural Argentina, y en el Congreso, les acordaba una mayoría circunstancial. A partir de -1924 el refrigerado despoja de manera categórica al congelado en su predominio, y su traducción al plano económico es la división neta entre los terratenientes dé la zona central dedicados a la preparación con destino al chilled y los criadores y terratenientes de zonas menos favorecidas. Los propios organismos del Estado, cuando menos el organismo que típicamente traduce las palpitaciones populares, el Parlamento y desde luego los partidos políticos, experimentaron en las reacciones por momentos violentas que tuvieron lugar a partir de 1924 hasta 1930 esta contradicción que se agitaba en la economía agropecuaria. Se puede afirmar pues, que el fraccionamiento ocurrido en el partido gobernante hacia 1924 y el posterior reagrupamiento de fuerzas políticas que tuvo por escenario el Congreso Nacional fue una consecuencia derivada de las modificaciones introducidas a la estructura económica por el trust de frigoríficos. A consecuencia de ese fraccionamiento, el ala derecha del partido gobernante, los denominados antipersona-listas, robustecieron con su adhesión el sector de los inverna-dores.

En las nuevas formas de la economía agropecuaria la tierra jugaba un papel preponderante y de su posesión y su situación dependía la función que desempeñaba el invernadero. El frigorífico no podría cumplirla en la plenitud de su capacidad transformadora sin la intervención de este factor. El invierno le asegura la provisión permanente en calidad y cantidad de la materia necesaria para el trabajo continuado; y solamente contando con una virtual fusión de las industrias agropecuarias aquellas condiciones pueden cumplirse. En el proceso manufacturero que ocurre partiendo a la vez desde la cabaña y desde la siembra, el inverne supone una síntesis de un trabajo social desarrollado por extensos sectores. La producción del refrigerado adquiere un acentuado carácter social. La crianza del ganado, su mestización, el traslado a los campos donde ha de terminar su preparación, el traslado luego al frigorífico, la faena en el establecimiento y el embarque en las bodegas refrigeradas, constituye un trabajo realizado prácticamente a secuencia continua y cuya cabal ejecución confluye a alimentar el funcionamiento de un vasto monopolio. El marco general de la libre competencia persiste, sin embargo, pero el predominio de un grupo poco numeroso de monopolistas sobre el resto de los productores es enormemente más pesado, más sensible, más agobiador. La totalidad del trabajo social cuya síntesis realiza el invernadero ha desembocado en la creación de una élite extraña a las necesidades del mercado interior y vinculada estrechamente al capital extranjero. La sujeción de aquélla a los intereses de este último la empujan a obtener del país los esfuerzos consiguientes para asegurarle los mejores rendimientos.