El comercio exterior y las inversiones

La trama de las actividades comerciales hace el resto extendiendo el elenco de artículos a vender o a fabricar. Por supuesto que la inversión en préstamos al gobierno no juega de manera distinta. El país inversor, desde el instante en que comienza a serlo, no puede prescindir de la defensa de sus capitales, ya sea bajo la forma de sugestiones o presiones encaminadas a tornar favorable a sus fines la orientación de la política económica, de la política aduanera y aun de la política social. La necesidad de continuar colocando en el mercado un determinado producto o conjunto de ellos, inducirá al capital inversionista a propiciar un tipo de consumo y desde luego la eliminación de la competencia interna realizada por la producción de un artículo similar; en este sentido, tanto la política aduanera como el régimen de salarios reviste una importancia fundamental.

Es sabido que las líneas de desarrollo de estas actividades tienden a identificar la importación con la exportación. La adquisición permanente de un determinado producto crea vinculaciones e intereses cuya expansión depende del grado de influencia política que ejerza en el país el conjunto de productores de ese artículo; y por supuesto que esa adquisición tiende a impulsarla. Un episodio típico de esta interacción entre la política de las importaciones y la de las exportaciones fue el pacto concluido en Londres en 1933. Gran Bretaña debía resolver en su favor una áspera lucha mantenida durante los 10 años anteriores por sus mercancías y sus inversiones con las de oponentes de tal envergadura como Estados Unidos y Alemania. No podía presionar a la Argentina por las vías simples del comercio importador ni por la de los empréstitos, porque esos recursos eran igualmente utilizables por los demás proveedores; pero Gran Bretaña era adquirente de la totalidad del chilled producido en la Argentina. Le bastaba pues, y así lo hizo, amenazar a sus productores con una rebaja en la cuota que recibía anualmente, para provocar el envío de la conocida misión comercial; a fin de obtener del gobierno británico el mantenimiento de aquella fracciona, ella aceptó acordar beneficios de toda índole al comercio importador ya las inversiones británicas: liberalidad al carbón, facilidades a los envíos de fondos provenientes de sus inversiones, dificultades al tráfico extra ferroviario y ventajas de cambio a fin de mantener el consumo de los productos británicos en el mercado argentino. El comercio exterior, así como constituye el cauce de desenvolvimiento del comercio interior, empujado por la necesidad histórica de la circulación de mercancías, suele reaccionar a su vez imponiendo a este último normas de desarrollo y trabas capaces de acordar una definida modalidad.

Gran Bretaña fue hasta 1929, y continuó siéndolo hasta muchos años después, el mayor inversor de capital en la Argentina; en esa época, los capitales extranjeros invertidos en ella alcanzaban 7.500 millones. Consecuentemente, las importaciones recibidas desde ahí oscilaron entre el 30 y el 35 % desde comienzos del siglo hasta la iniciación de la primera guerra mundial; las cifras absolutas representan desde 200 hasta 350 millones de pesos. Lo importante es que dicha circunstancia tradujo una modificación esencial en el panorama del mercado mundial. Hasta 1914, en efecto, las importaciones desde Bélgica, Francia e Italia, habían oscilado, la del primero entre el 5 y el 7 %, la de Francia alrededor del 9 y las de Italia habían descendido desde el 13 hasta el 9 %. Pero las de Alemania habían ascendido hasta el 17 % y las de Estados Unidos del 12 al 15 %. Durante los últimos años del siglo anterior las inversiones alemanas habían comenzado a acrecentarse especializadas en la industria eléctrica; en los umbrales de la guerra ellas alcanzaban a 500 millones de pesos, de los cuales la compañía Transatlántica de Electricidad representaba 115 millones; las inversiones en títulos al Estado, unos 110 millones y en bancos unos 12 millones; poseía el capital alemán, además, inversiones en empresas tranviarias y de electricidad en el interior e importantes sumas colocadas en actividades industriales y comerciales, sociedades de construcción, agropecuarias y de títulos hipotecarios. Consecuentemente, las importaciones de mercancías alemanas en la Argentina habían crecido desde poco más de 100 millones en 1900, hasta su máximo parcial de 190 en 1913.La derrota de Alemania no fue un obstáculo para que luego de terminada la guerra acrecentara su inversión en el país y retoma la línea de desarrollo de las importaciones, lógicamente interrumpidas entre 1914 y 1918. Por lo que se refiere a las inversiones, ellas crecieron desde 575 millones en 1918, hasta 825 en 1927; y en cuanto atañe al comercio de importación, Alemania lo recomendaba en 1920 con 100 millones, o sea, el 5 % del total y luego de pasar por un máximo de 270 en 1923, que entonces era el 13 % de la importación total, llegaba en 1929,a 225 millones igual al 11,5 %.Por lo que atañe al capital norteamericano, su desenvolvimiento recorrió un camino inverso al de los demás; es decir, acrecentó su comercio con la Argentina entre 1914 y 1918, aprovechando la circunstancia que la guerra submarina impedía a aquélla proveerse en sus mercados tradicionales y al amparo de esa penetración, acentuó extraordinariamente sus inversiones. Aunque las había realizado ya en la industria frigorífica, aquí el comercio importador llegó antes que las inversiones de capital, aun cuando en virtud de causas accidentales.