Las importaciones desde Norteamérica, que habían llegado a 165 millones en 1913, decayeron en 1914 hasta menos de 100, pero aumentaron desde el año siguiente en tal proporción que en 1919 eran 529 millones, igual al 85,5 %o y en 1920,720 millones. A partir de ese año hasta 1930, las importaciones desde Estados Unidos fueron alternativamente similares y superiores a las procedentes de Gran Bretaña. Los 720 millones de 1920 descendieron hasta un mínimo de 350 tres años después, y crecieron desde ahí hasta los 520 de 1929. Las importaciones norteamericanas representaron, pues, desde 1920 hasta 1929 alrededor del 25 % del total. En cuanto a sus inversiones, ellas eran de 85 millones en 1920; crecieron en 1924 a 550 millones y a 1.150 millones en 1927. La composición de estas inversiones denotaba 850 millones colocados en empréstitos, 200 en frigoríficos, 60 en diversas empresas industriales y 30 en petróleo. Queda implícitamente expresado que Gran Bretaña, luego de la primera guerra mundial, no volvió a las posiciones relativas que detentaba hasta 1914. Durante el transcurso de ella, descendió el volumen de sus importaciones hasta un mínimo, absoluto entonces, de 19 %; las acrecentó luego hasta el 23,4%en 1920, cifra que representaba casi 500 millones de pesos, y la redujo luego sistemáticamente hasta el 17,6 % en 1929.
El crecimiento impresionante de las importaciones norteamericanas y el no menos caudaloso de las alemanas, fue, pues, seguido de un descenso de las británicas. En la decena de los 1920, no solamente las importaciones norteamericanas pugnaron por arrebatarle el mercado argentino; las de Francia retornaron a su ritmo de antes de la guerra y durante el año 1922 se elevaron a 130 millones y se mantuvieron en esa cifra hasta 1929.Análogamente, las de Italia, que nunca habían logrado alcanzar los 100 millones, llegaron en este último año a marcar 200 millones; las de Bélgica, menos regulares, superaron ampliamente las cifras de antes de la guerra y lo propio ocurrió con Japón y los Países Bajos. Esa lucha desesperada por lograr ubicación en el mercado argentino no fue evidentemente favorable, ni a su desenvolvimiento ni a su equilibrio político ni menos aún al crecimiento de su capacidad manufacturera. Cada país inversor empujaba hacia el consumo de sus propias mercancías, y esa multiplicidad de presiones tendientes a lograr fines parciales, y con frecuencia contradictorios. Hemos señalado que mientras los volúmenes de las importaciones valían en 1910 unos 750 millones, en 1929 había crecido hasta 1950. En el análisis de sus rubros parciales, es posible hallar realizaciones altamente positivas, como el de máquinas y vehículos, que alcanzaba a fines del período mencionado a 350 millones de pesos; el de hierro y sus artefactos, que había pasado de 140 a 170; el de maderas, de 50 a 110; el de papel, cartón, etc., de 20 a 50. Muchos otros denotaban, sin embargo, una influencia negativa: las substancias alimenticias importadas valían 150 millones en 1910 y 255 millones en 1929; los textiles, 145 y 465 millones, respectivamente; y por último el rubro de combustibles que había aumentado hasta situarse en casi 200 millones de pesos. Considerada la importación en peso, el carbón, que era el 40 % en 1910, en 1929 era el 25 % de aquélla y continuaba excediendo los 3 millones de toneladas, en tanto que el petróleo que había partido de 150 mil toneladas en 1918, en 1929 estaba en 2 millones. Tanto en lo referente a la obtención de una como otra de esas mercancías, decididamente fundamentales en lo que atañe al desarrollo industrial, no había impulsado a las clases gobernantes, comprometidas en exceso con los intereses de la ganadería a realizar un decidido esfuerzo hacia la independencia energética.

Contrariamente a lo que ocurrió con las importaciones, las exportaciones hacia Gran Bretaña siguieron un curso ascendente, que fue desde el 20 % a principios del siglo, hasta 35 hacia 1930; en valor ese comercio había variado desde 200 hasta casi 700 millones de pesos. El mismo ritmo, aun cuando en otro plano, tuvieron las exportaciones a Alemania, que llegaron al 16 % del total; a Francia, a Italia y a Bélgica. En cuanto a las destinadas a Norteamérica, que pasaron durante el desarrollo de la primera guerra desde 55 hasta 430 millones de pesos, es notorio que, aparte de la causa accidental que lo promovió, Estados Unidos absorbía los excedentes argentinos a fin de distribuirlos posteriormente entre los consumidores impedidos de realizar la adquisición directa. Durante la década de los 1920, es decir, apenas terminada la guerra, las importaciones norteamericanas de productos argentinos retornaron a sus cauces habituales que no permitieron nunca una corriente muy caudalosa a causa de la parcial similitud de la producción.
Hemos aludido más arriba a la modalidad acordada a la exportación de cereales por las firmas que la manejaban al amparo de su organización internacional, referente al embarque ‘a órdenes”. Ellos asumieron durante el período 1900 a 1930 una forma cíclica; el primer ciclo se inicia en las proximidades de 1895, logra su máximo hacia 1908 y declina luego hasta su mínimo, ocurrido el año álgido de la guerra. Terminada esta última se inicia el segundo, cuyo máximo ocurre posteriormente a 1930, año que se halla ubicado en la rama ascendente de ese ciclo. La importancia de esos embarques debe medirse teniendo presente que el máximo relativo de 1908 representaba el 37 % del total de cereales exportados ese año, y cuyo valor pasaba de 830 millones de pesos. Independientemente de la exactitud que sustraía a la estadística del intercambio, los embarques a órdenes traducen evidentemente la reventa de los cereales argentinos adquiridos, no con un propósito exclusivamente alimenticio, sino con el de negociarlos más allá de sus condiciones indispensables.

