La moneda
La ley de conversión de 1899 había establecido la correspondencia entre el oro y el papel. Ninguna modificación sufrió esa ley hasta 1935. El tipo de cambio de la moneda argentina, relativamente al oro o a las monedas estabilizadas, se mantuvo relativamente fijo, con las fluctuaciones propias de los acontecimientos culminantes de ese período. Entre 1900 y 1929, el valor de la libra, que a la par era de 11,45 pesos, no experimentó más vacilación que la originada por la guerra; entre los años 1917 y 1920, su valor estuvo debajo del par, y sobre él desde ahí hasta 1924. Por variaciones análogas pasó el cambio sobre dólares, francos y libras, más acentuadas por supuesto las de estas últimas. Durante el desarrollo de la guerra el país había resultado favorecido por el descenso de precios de las monedas de los países con los cuales realizaba un comercio más denso; posteriormente a ella el cambio de signo de la cotización permite afirmar que devolvió con amplitud aquellos beneficios. Entre 1900 y 1929 la garantía legal se mantuvo permanentemente sobre el 70 %; superó al 80 durante los años 1920 al 24, en que el oro depositado transitoriamente. La iniciación de esta Siena condujo a la desaparición del patrón oro en toda área reemplazándolas por billetes inconvertibles. Los neutrales, arrastran Argentina, en coincidencia con la iniciación de la guerra. Y una igualmente intensa extracción de depósitos de los bancos apremio por que empezaban a pasar las instituciones mencionadas, suspendió el canje de billetes contra oro en la Caja de Conversión. Ambas medidas fueron luego ratificadas por el parlamento mediante la ley 9477. El régimen aprobado por esta ley se mantuvo hasta 1927 en que el funcionamiento de la Caja, a los efectos de su función específica, fue restaurado: la autorización para el canje duró sin embargo apenas dos años, pues en diciembre de 1929 ella fue nuevamente cancelada. A consecuencia de la desaparición del patrón oro en 1914,y su substitución por billetes inconvertibles, la desvalorización de la moneda europea alcanzó a límites inconcebibles; las necesidades y gastos de la guerra y las reparaciones y los ·gastos de posguerra habían conducido a algunos gobiernos a emisiones considerables, como las del Reich alemán, donde la circulación entre 1919 y 1923 pasó de 81 mil millones de marcos a 1.300 millones de millones: en comparación de estas cifras las emisiones de Inglaterra y Francia son sin duda moderadas.
La imposición de hallar una salida a esta situación, sugirió un conjunto de soluciones contradictorias. La primera en tratar de realizarse fue la de oponer la deflación a la inflación; la baja de precios, trajo consigo sin embargo la inquietud del comercio y el desempleo que produjeron más daños que beneficios. A ella sucedió una demanda de estabilización. Propiciada por J. M. Keynes v la escuela de economistas de Cambridge. fue considerada luego la proposición de una moneda “dirigida”. En su teoría, el nivel de precios podía mantenerse estable si se hiciera variar la cantidad de dinero en circulación, de acuerdo con su demanda, o en otros términos siguiendo las oscilaciones del barómetro económico. Estas reclamaciones no tuvieron, de inmediato, la aprobación de los medios bancarios y financieros; el gobierno británico, en concordancia con estos últimos, optó pues por volver al patrón oro. En 1925 se resolvió que los billetes serían convertibles en oro, no amonedado sino en barras. Esta opción se proponía lograr que el oro fuera reservado para las necesidades más extensas del comercio, como el pago de deudas exteriores, pero no en transacciones internas de menor volumen. La solución británica fue adoptada de un modo general en Europa. Hacia 1933, 30 naciones del continente estabilizaron sus sistemas monetarios sobre la base del oro.

La teoría de la moneda “dirigida” requería un clima favorable para imponer sus premisas; necesitaba desarrollarse dentro de una “economía dirigida” y los años de Mr. Keynes, no eran aún propicios. Comenzaron a serlo en cuanto la crisis iniciada en 1929 amenazó seriamente al beneficio y puso en evidencia la falacia de las leyes naturales. Dejar libre juego a los automatismos tradicionales equivalía ni más ni menos, que dar curso libre a una catástrofe económica y social sin precedentes. La intervención, el apoyo a las empresas que hallaban dificultades para su desempeño era pues una consigna que derivan de los hechos. Pero la intervención amplia y eficaz, no podía acordarla sino el Estado: los bancos privados habrían podido adelantar dinero a los industriales y a los agricultores, pero la quiebra y en todo caso las dificultades para hallar dinero, eran inconvenientes que perturban también a los bancos. El Estado comenzó pues a desarrollar una nueva función que consistía en subvencionar, en prestar, sin inquietarse por saber cómo sería pagado si lo sería alguna vez. Subvencionar a los bancos, compraba acciones para hacer subir su cotización, hacía adelantos a los ferrocarriles, a las compañías de navegación marítima, a las compañías de seguros; prestaba a la industria y a la agricultura, transformaba las deudas privadas a alto interés en deuda pública a bajo interés. Pero el Estado no podía restringirse a esa función benéfica. No bastaba que adelantará dinero a las empresas, era preciso que ellas adquirieron su vitalidad y su capacidad creadora para restaurar los beneficios. El Estado inició pues un movimiento proteccionista elevando las tarifas aduaneras, impulsando el dumping, apoyando las devaluaciones monetarias, acordando primas a la exportación. Los derechos de aduana, los manejos monetarios, al aumentar en moneda nacional el valor de los productos acordaron a los propietarios de los medios de producción liberarse de sus deudas y reencontrar sus beneficios a expensas del consumidor nacional, que resultaba obligado a pagar más caro los productos que consumía.

