Las influencias imperialistas a través del comercio exterior

En 1927, sobre un valor total de exportación de 2.300 millones, el embarque “a órdenes” representaba casi 800 millones, o sea un 34,6 %; sus cifras parciales indican que el 61 % del trigo, el 58 % del maíz y el 47% del lino había sido negociado de acuerdo a esas normas. Un decreto del Poder Ejecutivo, dado en agosto de 1926, imponía la obligación a los exportadores de declarar el destino definitivo de las partidas denunciadas como embarques a órdenes. El cumplimiento de las disposiciones de este decreto permitió establecer que en general, las dos terceras partes de los embarques a órdenes tenían por destino definitivo algún puerto del Reino Unido. Considerando pues los balances comerciales ocurridos en 1910 y en 1929 con los 7 países compradores esenciales de la producción argentina, se pueden establecer con las cifras del mismo, tomadas en millones. Debemos expresar que en las exportaciones a Gran Bretaña correspondientes al año 1910 se ha agregado el valor apreciado de las exportaciones a órdenes.

Desde el punto de vista global, el balance comercial entre la Argentina y el conjunto de países a que se refiere el cuadro precedente, asume un decidido equilibrio. Las cifras parciales expresan, no obstante, que el saldo comercial que dejaba Gran Bretaña era transferido a Estados Unidos y Alemania, hasta la primera guerra mundial, y casi íntegramente al primero de dichos países, después de ella. Se debe aceptar que en el período que media entre la terminación de la primera guerra y la gran crisis de 1929 la orientación del comercio exterior ha superado los cauces propios y naturales del mismo transformándose gradualmente en una actividad regida por los respectivos Estados. Las magnitudes de las inversiones y la propia organización de la economía al concentrar la producción en los grandes consorcios, ha ido paulatinamente entrando en un territorio que elimina toda desviación azarosa y tiende a regular la totalidad de los detalles inherentes al intercambio. Inversión y comercio exterior son, pues, de más en más, actividades concordantes.

El primero de los períodos mencionados, el que transcurre entre 1900 y 1915, señala el de mayor auge mundial, desde luego en el continente sudamericano, de Gran Bretaña. La guerra, al expandir extraordinariamente las posibilidades internas de los Estados Unidos había iniciado la de un cambio fundamental en el panorama del comercio mundial y desde luego de las respectivas zonas de influencia. La modificación en la relación de fuerzas entre ambos sectores del capital mundial, tuvo una trascendencia muy grande en el desenvolvimiento de la economía argentina, preferentemente durante la década de los 1920. Puede expresarse aún que la actitud asumida por ellos durante esta decena depende de la lucha que ambos sectores del capital internacional, el británico y el norteamericano, libraron en la Argentina durante el desarrollo de la guerra y cuyas etapas más ásperas se referían justamente a la posición que correspondía tomar a nuestro país ante el conflicto bélico. Lo exacto es que mientras Gran Bretaña la impulsaba a mantener la neutralidad, Estados Unidos la empujaba a abandonarla, o cuando menos le creaba las condiciones necesarias para ello. Ni uno ni otro sector al adoptar su propia actitud, abrigaba el propósito de resolver con ello un problema del presente, sino preparar su desenvolvimiento futuro en la Argentina.

El país pudo mantener una neutralidad formal entre los años 1914 y 1918. Es superfluo expresar que cualesquiera que fuesen sus intereses, y la verdad es que la incidencia del capital alemán era aquí en 1914 muy decidida, la Argentina no podía negociar, durante las hostilidades, más que con las naciones que integran el sector aliado. Una imposición de la geografía lo volcaba en favor de este último, sin perjuicio que también la impulsara a ella una firme postura ideológica; como carecía totalmente de una flota mercante de ultramar, tanto sus exportaciones como sus importaciones, debían realizarse por medio de barcos de las naciones interesadas. Es claro que, si hubiera dispuesto entonces de la flota capaz de movilizar su comercio, el mantenimiento de su neutralidad hubiese sido menos que imposible. En ese caso, las naciones compradoras y vendedoras habrían impulsado a la Argentina a lanzarse a los mares en busca de sus mercados y sus mercancías y la guerra submarina, obrando de acuerdo a los objetivos perseguidos por los países que la realizaban, habría atacado a esas embarcaciones y precipitado al país a salir de la neutralidad. Todos los acontecimientos aconsejaban pues a la Argentina a mantenerse al margen del conflicto. Los imperios centrales contribuyan a ello, porque aun cuando de hecho la Argentina estaba con el otro sector, nada ganaban con empujarla a la guerra, echándose encima un enemigo más y creándose dificultades para la reanudación de sus relaciones económicas; si bien precipitaron al mar los productos argentinos, lo hacían cuando ellos habían pasado a poder de los aliados; y la prueba es que si bien los imperios centrales atacaron a la Argentina de palabra y de hecho, trataron de hacerlo en una forma tan encubierta, que para desvelarla fue necesario lograr antes el conocimiento de la clave diplomática. Las naciones aliadas no tenían aparentemente interés militar en decidir a la Argentina a lanzarse a la guerra; durante el desarrollo de ésta, lo que les interesaba no eran sus hombres sino su carne y su trigo, y esto lo tenían con toda amplitud sin forzarla hacia actitudes bélicas.