El consumo por habitante, que en 1900 era de 6,2 kwh. en 1914 era de 49. Desde ahí, el crecimiento de usinas y de producción se mantiene primero estacionario y aumenta luego entre 1921/mil H.P. la potencia. Los últimos años de esa decena señalan una producción total de 1.500 millones de kwh. y un consumo medio de 140 kwh. por habitante. En la sustitución gradual del carbón por el petróleo y el incremento alcanzado por la producción de energía eléctrica de origen hídrico, se puede expresar que la revolución mecánica asume la más vasta extensión. La energía eléctrica por su facilidad de producción en masa y de transporte a distancias cada vez mayores (los 500km de distancia máxima que eran válidos hace aún 20 años se hayan superados a más del doble, por las modernas líneas de conducción) es sin duda la forma típica de nuestra época: ella puede realizar a un costo mucho más reducido que los otros y en base a recursos técnicos inabordables a los demás, la provisión de energía a mucha distancia de la fuente creadora. Cuando fue ideada la máquina de vapor, se vio que ella independizó a la fábrica del lugar en que necesariamente debía instalarse cuando su único tipo de energía era el hidráulico. La ubicación de la fábrica v la distribución de los distritos industriales experimentó con ello una modificación fundamental. La utilización de la energía eléctrica, independiza ahora a la fábrica de su fuente de producción, permitiéndole instalarse cada vez a mayor distancia de ella; es decir universaliza el uso de la energía gracias a la facilidad de su transporte y así como la máquina de vapor contribuyó a separar el campo de la ciudad diferenciando netamente las actividades propias de cada cual, la electricidad, viene a juntarlas de nuevo en un plano distinto: viene a facilitar que la ejecución de las tareas asignadas al campo puedan realizarse con los mismos recursos que se utilizan en la ciudad y que por extensión esta última nueve ceder a aquél innumerables ventajas que derivan de la vida colectiva.
La producción industrial se había pues acrecentado durante los años de la guerra sin que sea posible medir ese acrecentamiento de manera precisa porque el primer censo industrial posterior a ella, pertenece al año 1935. Bunge, que ha trabajado incesantemente en la redacción de estadísticas de producción, ha estimado en su estudio sobre las industrias durante la guerra, que el aumento de su capital patrimonial ha crecido en un 17,5 %, y en un 22,5 % si se agrega el capital de los nuevos establecimientos instalados durante su transcurso. El valor de la producción elaborada había aumentado en un 35%en las industrias anteriores a 1914 y en un 50 % en el conjunto. El personal ha crecido en forma más pausada acusando un aumento del 25 %, y en cuanto a la fuerza motriz, el suyo fue del 11%. Se debe agregar finalmente que estos cálculos se refieren a un conjunto de 82 grandes establecimientos y que en consecuencia sus promedios pueden no ser válidos para el resto del país. Cualquiera que sea la cifra que mide este hecho, lo indudable es que el crecimiento ha sido realmente muy importante y en particular que la trascendencia que adquirió durante el período posterior se caracterizó por su real fecundidad.
No obstante la diferente magnitud de los períodos en que hemos agrupado los datos precedentes se puede observar, primero, la importancia que tuvo este hecho durante las decenas de 1880 y 1890, que son las que deciden el tamaño de esas cifras dentro del período 1851-1900; segundo, que a partir de principios de este siglo, dicho acontecimiento comienza a crecer de manera continua pero desde el punto de vista de la producción, su crecimiento ha sido más acelerado en la segunda decena que en la tercera, es decir, que la guerra ha sido un impacto favorable pero que lo ha sido menos el período de rehabilitación. Considerando las cifras parciales, las referentes a los diversos grupos que constituyen la estadística oficial se puede comprobar que los crecimientos de producción obedecen a la misma característica expresada, o sea, que la aceleración registrada entre 1911 y 1920, no se mantiene en la decena siguiente. Con las cifras de producción se puede redactar este cuadro, expresado en millones de pesos.
Las consecuencias que permite extraer este cuadro son: primero, que entre 1910 y 1920, es decir, en concordancia con el desarrollo de la guerra, todos los grupos en que se clasifican los establecimientos industriales, acusan un acentuado crecimiento. Son particularmente notables los que corresponden a textiles, forestales, petróleo, electricidad, máquinas y vehículos y yacimientos, canteras y minas. Los productos agrupados en esos rubros eran proporcionados, en general, por la industria europea; la guerra al paralizar esos envíos, neutralizó el virtual proteccionismo que el país les acordaba. Segundo, en cuanto las circunstancias adversas dejan de actuar, la industria europea retoma sus posiciones y ello se traduce por un decrecimiento experimentado por las industrias típicamente nacionales, es decir, las que manufacturan materias primas nacionales o las que se hallaban bajo esa insignia en el momento de iniciarse la guerra; tales son alimentos, imprenta, yacimientos, canteras y minas; o reducen su proceso de crecimiento, como las industrias forestales y las de metales y sus manufacturas y la de cuero y sus derivados. Tercero, mantienen su índice de aumento y aun lo acrecientan aquellas industrias que provienen de una inversión de capital extranjero, realizada durante esa decena de 1920 a 1930. Se hallan en este caso los textiles, el petróleo y la construcción.

Porque se debe recordar que, durante esa década, el crecimiento del capital de las sociedades comerciales se había acentuado. Por lo que afecta a las últimas, las de construcción, ellas se habían concretado en la entrada al país de grandes consorcios destinados a la construcción de edificios, carreteras, muelles y puertos, etc. Concordantemente durante esa decena, la producción de cemento había experimentado un gran impulso; a la primera fábrica instalada en Córdoba en 1908, habían seguido en 1917 las de la zona central de la provincia de Buenos Aires, de manera que al comenzar la decena de los 1920, la producción nacional de cemento se aproximaba a 100 mil toneladas y al finalizar esta última, lo hacía al medio millón. El consumo total de cemento había crecido de manera muy veloz, requerido por las grandes construcciones que caracterizan a esa época: diques, puertos y los grandes edificios de la capital, que habiendo superado la era del hierro como material exclusivo de su estructura, entraba en la del hormigón armado. Las otras ramas: textiles, petróleo, diversos títulos de alimentación, caucho, metales, etc., entran gradualmente en la órbita de la sociedad anónima, es decir, en la concentración ilimitada del capital. Durante la decena de referencia se habían instalado en el país, entre las fábricas de productos alimenticios, frigoríficos, derivados del chocolate, bebidas; en industrias químicas, algunos rubros de perfumería y artículos de tocador, farmacéuticos, etc.; neumáticos y artículos de goma, pinturas y barnices, ete.; en la de metales, talleres de armado de automóviles, de camiones y de ascensores; en los textiles, industrias eléctricas y demás, la instalación había asumido proporciones considerables y, consecuentemente, la amalgama de empresas concordantes reunía conjuntos de capitales realmente importantes. En la rama de la producción de azúcar, 14 sociedades sumaban en 1929, 110 millones de pesos; 10 frigoríficos,210 millones; 28 empresas de electricidad, 186 millones; 20 de petróleo, 126 millones y 18 de textiles, 70 millones.

