La exportación de hacienda

En cuanto a la exportación de hacienda, ella no fue jamás restaurada a sus cifras de 1899; el carbón siguió descargando en la dársena sur; el apostadero de la dársena norte, no fue nunca trasladado y tampoco se construyeron los varaderos en cuestión. El Estado Nacional y el Provincial sabían perfectamente que la transferencia obedecía a otras consignas que las de desplazar de Buenos Aires los desembarcaderos de carbón, pero cada uno encubría su actitud en razones aparentemente valederas. El primero de ellos continuó, pues, profundizando los accesos y cuando estuvo cierto de que la profundidad ofrecida por Montevideo podía obtenerse también en Buenos Aires, acordó a su problema la única solución posible: construir un nuevo puerto próximo al que había envejecido harto prematuramente. La ley 5944, de octubre 19 de 1908, autorizaba al gobierno nacional a contratarlo y realizar ahí la profundidad necesaria. El de la provincia había perdido uno de sus recursos más eficaces para defender su autonomía, es decir sus intereses, pero la presión de las empresas ferroviarias tenazmente empeñadas en eliminar al puerto de La Plata coincidía en esos años con la orientación de las clases gobernantes en la Nación y la provincia.

El asedio de los capitales extraños al británico era apremiante

El sector francés había obtenido, luego de luchar incesantemente, junto con el puerto de Rosario, las concesiones de la Compañía General de Ferrocarriles de la Provincia y del Rosario a Puerto·Belgrano; las luchas y los acuerdos realizados entre ambas ramas del capital extranjero hacia fines del siglo xix habían terminado en una virtual división de zonas: al francés le había tocado Rosario y ésta es la razón por la cual en seguida de obtener su contrato de construcción y explotación la empresa que lo usufructo durante 40 años, el Central Argentino viró hacia Buenos Aires, construyó ahí sus elevadores y se constituyó en Rosario en una visita; a partir de ahí el Central Argentino tenía intereses más hondos en Buenos Aires que en Rosario y en consecuencia la inoperancia del Estado en la profundización de Martín García no puede considerarse extraña a la influencia del Central Argentino. El capital alemán, instalado en empresas tan poderosas como las usinas de electricidad e innumerables organizaciones comerciales, y por último el norteamericano, que hacía su irrupción en esa época en la industria frigorífica de manera tan ostentosa, habían dividido el sector de los ganaderos y comerciantes nacionales en la forma que lo delatan diversos antecedentes ya expresados y confirmados por los párrafos transcritos del debate de la ley 3899. El capital británico, y a su cabeza el F.C.S., no podía permanecer indiferente a un problema de tal magnitud como era la renovación presidencial de 1904. La ola de huelgas y las expresiones favorables a una modificación profunda de las costumbres políticas y desde luego, del régimen de trabajo, del nivel de vida, que había enrolado a ya densas masas ciudadanas acordaba a esa renovación un carácter excepcional.

La verdad es que el propósito de los ganaderos bonaerenses, que en 1882 habían pugnado por su puerto como medio de reconquistar la aduana perdida por la nacionalización de Buenos Aires, carecía de objeto. La Plata no había sustituido a Buenos Aires cómo fue su sueño en aquella época: pero Buenos Aires no había sido sustraída a la influencia de los ganaderos de la provincia; todo lo contrario, los poderes del Estado, concentrados en la ciudad capital habían sido puestos al servicio de aquéllos, en una extensión y dotados de tal fuerza, como no habría podido obtenerlo la provincia de Buenos Aires, operando de acuerdo a la tesis que sostuvo Tejedor en su oportunidad. El puerto de La Plata era para ellos un peso muerto. Endosándoselo a la Nación, se podía pues tener unos cuantos millones y con ellos construir más bien algunos kilómetros de ferrocarril en zonas relativamente baldías y realizar un nuevo esfuerzo en pro del encarecimiento de la tierra. La venta a la Nación, practicada en los primeros días de octubre de 1904.era por supuesto un negocio para la provincia; para realizarlo ella había debido apoyar la fórmula presidencial surgida en la Casa de Gobierno, y si no auspiciada, cuando menos apoyada por el F. C. Sud. El poder se le escurría de las manos a esa expresión de los viejos grupos que gobernaban al país. Las divergencias eran entre ellos mucho mayor que las concordancias porque el crecimiento de la Argentina no cabía ya en los moldes políticos en que se había desenvuelto. El proceso interno del país reclamaba la intervención de sectores hasta entonces excluidos del manejo de la cosa pública; y la afluencia de nuevos grupos de capital diversificar los intereses y echaba, unos contra otros, sectores hasta entonces vinculados por actividades comunes. Una profunda discordancia amenazaba la unidad de frente de la oligarquía ganadera y su continuidad en el poder; ella pudo manifestarse categóricamente en la “convención de notables”, especie de areópago reunido para elegir el candidato único que habrían de respetar todos los partidos, y desde luego en su fracaso. Solamente la consumada habilidad del presidente saliente podía sortear ese momento al neutralizar la candidatura de Pellegrini, apoyada por el capital alemán y rehacer el haz de intereses, orientándose hacia la satisfacción de los que se movían alrededor del capital británico: en esa tarea Buenos Aires jugó un papel de importancia proporcional a su gravitación económica y política. De esa conjunción pudo surgir el candidato de quien la “Historia del F.C.S.” hace esta semblanza: “El corto mandato fue fecundo en iniciación de obras y planes de fomento en agricultura e instrucción pública, y el doctor Quintana demostró poseer un alto sentido práctico ayudado por una sólida preparación, sobre todo en lo concerniente a ferrocarriles, materia que dominaba desde su primitiva actuación como abogado del F.C.S.”