La superabundancia de monedas originó fluctuaciones violentas de los precios agravadas como se dijo por los procedimientos mercantiles del sistema colonial y el consiguiente de fue general en Europa. La depreciación de la moneda, por efecto de la continua manipulación de los gobiernos y de la inundación de la plata, en parte atenuada por las demandas de la industria, el creciente uso de vajillas de aquel metal y la absorción del Lejano Oriente, voraz consumidor de plata, es una tendencia milenaria, como lo demostrado por D’ Avenel: “Mil libras tornesas, que valían en 1600,2.750 francos (oro), cayeron en 1650,a 1.820 francos; en 1700 ya no eran más que 1.480 francos; en 1716, 1.220 francos, y en 1789,950 francos.” Las provincias de arriba y las de abajo, y, después de su creación, el llamado Virreinato de Buenos Aires, pagaban sus exportaciones, principalmente, con el producto de sus minas, esto es, con aquel producto en que el trabajo nacional era más remunerativo, como diría pocos años después David Ricardo. Exportar, pues, no sólo la moneda de oro por lo común escasa, sino también la de plata doble y sencilla, y hasta la llamada macuquina. La corriente monetaria iba del Alto Perú a Buenos Aires, por donde la plata se extraía con destino a España (comercio autorizado) y a otros países (comercio ilícito). 

El comercio, así el clandestino como el autorizado, arrojaba saldos constantemente desfavorables al premio del aro y de la plata, débil en Buenos Aires, 8 y/3 Poniente. En Potosí sólo se pagaba por el oro un premio de 7 ½ % calculando poco o más o menos en ½ % transportando después el oro a Buenos Aires. En alguna ocasión los comerciantes 6%, con lo cual hubieran realizado un beneficio de 11/2 %, transportando después el oro a Buenos Aires. La cantidad de moneda circulante resulta, pues, insuficiente para las transacciones. Para remediar su falta recurren al trueque de tejidos, ponchos, frazadas, jergas y cordobanes. En el Paraguay la escasez de moneda impuso la permuta de mercaderías por yerba y tabaco. El trueque se practicaba también en la ciudad de Tucumán por motivos análogos. Es difícil dar en breve síntesis materia tan enmarañada y confusa como el régimen tributario de España y sus Indias. Los mayores males que afligieron a la metrópoli, particularmente durante el siglo XVIII, hasta el punto de ponerla en riesgo de ser desmembrada por sus enemigos, fueron originados del exceso y desorden de sus tributos, de su1 tesoro real siempre exhausto y de la postración general en que desfallecía. Los reyes católicos, al poner orden en esta materia, limitarnos a percibir los derechos de portazgo, moneda forera (capitación y reconocimiento del señorío real), humazo (viejo tributo feudal), pontazgos (contribución sobre el paso de los ganados),salinas o impuesto sobre la sal, almojarifazgo o derecho de aduanas, tercias reales o tercio de los diezmos de ciertas iglesias, chapín de la reina o servicio extraordinario de bodas reales, yantar o pechos de entrada de los reyes en las ciudades, y alcabala o todos estos tributos fueron también impuestos en las Indias.

Los subsidios llamados de galeras, unos 420.000 ducados, que anuales gastos, de diezmo de las casas contribuyentes de cada parroquia. La renta sobre lanas es también misma época extraordinarios, todos esos recursos y aumentos dejó a su muerte una deuda de trece millones de ducados creció durante La muchedumbre y confusión de los tributos los reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II: periodo de miseria y decadencia para la metrópoli. Se aumentaron entonces puso aunque por breve tiempo el medio dozavo, impuesto sobre sellado, “origen de muchos disgustos y encuentros, de alborotos y pasquines amenazadores” (1637); los tributos sobre la aloja, barquillos, suplicaciones y bebidas artificiales (1639), y el derecho de fiel medidor o recargo sobre los principales consumos (1659).Convirtiese por entonces el servicio personal de las lanzas en prestación pecuniaria (1665),y se crearon las anatas y medias anatas y los valimientos sobre las mercedes. Fernando VI agregó el derecho de real almirantazgo y el de toneladas, el estanco del azogue, las medias anatas eclesiásticas, y el hoy tan socorrido giro y negociación de letras de tesorería. Carlos III introdujo la ilusión (para los jugadores) de la lotería en 1763, y Carlos IV, el diez por ciento de los propios, o sea sobre las heredades, haciendas o casas, propiedad de las ciudades. Los nuevos perros siguieron, como se ve, con los viejos collares. El problema era exprimir al gran paciente nacional el mayor zumo posible.

Por último, apareció la octava maravilla: los arbitristas. Esta nueva tribulación de la especie humana se abatió sobre España durante los siglos XVII y XVIII y se propagó luego a todo el mundo, aunque no es cosa segura que tal variedad de aquella especie fuera originaria de la Madre Patria. Practicaban filosóficamente la política financiera de “pan para hoy y hambre para mañana”, con el renovadisimo procedimiento de usar y abusar del crédito público, hasta en su forma extorsiva, entonces algo fácil, y de arrojar sobre las generaciones futuras todo el peso de las cargas que correspondían a la presente. El grave historiador de la Economía Política en España dice: Había tres clases de arbitristas: los honrados y de buena fe, que gringos al gobierno; los lisonjeros que pretendían ganar la voluntad y la plata del mundo debajo de una llave, y los amigos de soca abusos y procurar el alivio de los contribuyentes, encaminaba sus memoriales y discursos llenos de sofisterías a lograr el premio de su maligna invención. Esta ralea de arbitristas era la peor…” Parece una guasa, y no lo fue sin duda en la honrada intención del escritor. Hoy podría demostrarse, aunque parezca inverosímil, que la peor clase ha sido superada.