El jueves 10 de abril de 1550. Como empresa que proyecta y que iba entonces a realizarse por indias una larga sucesiĂłn de contrastes y desventuras. A poco de la partida, vientos contrarios les obligaron a recalar en la rada de Lisboa. De aquĂ fueron nuevamente a la vela, dirigiĂ©ndose a las Canarias, adonde arribaron sin mayor contratiempo. Refrescar vĂveres y luego de convenir que, en caso de separarse, se juntarĂan en la costa del Brasil, pusieron rumbo a las islas de Cabo Verde, donde estuvieron a punto de naufragar. Vientos contrarios, otra vez, les llevaron a la costa de Guinea y les obligaron a recalar en la isla de Santo TomĂĄs, a la que llegaron, probablemente, en los Ășltimos dĂas de mayo. DespuĂ©s de reponer su provisiĂłn de agua, continuaron la ruta, pero una nueva tempestad separĂł las naves. La de Becerra puso la proa hacia el sudoeste, y luego de correr un violento temporal en la costa brasileña, algo mĂĄs al norte de la isla de Santa Catalina, llegĂł casualmente a Ă©sta el 25 de noviembre de 1550. Entretanto, vientos contrarios y tal vez la impericia de los pilotos impedĂan a la San Miguel abandonar las costas de Guinea, muy a pesar de pasajeros y tripulantes, pues el viaje se retrasaba considerablemente, y aquellos parajes eran peligrosĂsimos por lo frecuentados de piratas y corsarios.
Por Ășltimo, al cabo de algunas semanas, durante las cuales, perdido el rumbo, vagaron a la ventura buscĂĄndolo, el temido encuentro se produjo. El 25 de julio de 1550, dĂa de Santiago, entre las siete y las ocho de la mañana, tocase a rebato a bordo de la San Miguel. Acababa de divisar una vela que, segĂșn toda probabilidad, era de algĂșn corsario francĂ©s de los que frecuentaban aquella costa, en acecho de indefensos barcos mercantes que desvalijar.
San Miguel no tiene artillerĂa ni gente de guerra suficiente para disputar la victoria al enemigo. Por esto, la primera tentativa de su capitĂĄn es alejarse del peligro; pero en vano. Su propĂłsito se frustra, porque el viento no le favorece. La nave del 100 corsario, mĂĄs veloz y mejor gobernada, pĂłnese a poco a tiro de Ia bandera francesa de cruz blanca sobre campo azul estrellado de flores de lis.

La confusiĂłn es inmensa en la nave castellana: cruzarse Ăłrdenes contrarias y numerosas que nadie cumple. La inminencia del saqueo y sus inevitables horrores y violencias tienen fuera de sĂ a la gran mayorĂa de la tripulaciĂłn, y la endeble y precaria autoridad del capitĂĄn Salazar no logra imponerse a sus desmoralizados marineros. Por Ășltimo, tome una resoluciĂłn, pues el momento apremia. Ăchese a la mar, y en Ă©l se dirigen a la nave corsaria el capitĂĄn Salazar y, en calidad de intĂ©rprete, el caballero genovĂ©s Bernardo Vibaldo o Vivaldi, a quien se ha elegido para tal oficio por su conocimiento del francĂ©s. La nave corsaria es de La Rochelle, propiedad de un tal Fran-cisco MartĂn y navega con bandera francesa, bajo el mando del capitĂĄn Escorcer Normand. Salazar intenta convencerle de que la San Miguel no es nave de comercio, y que navega en direcciĂłn a las Indias, llevando a su bordo gente armada que el rey de España (con quien el de Francia se halla entonces de paz) envĂa al RĂo de la Plata; pero la codicia del aventurero francĂ©s, estimulada por la perspectiva de un abundante saqueo, no entiende tal razĂłn. Salazar y Vivaldo son retenidos, en tanto que un grupo de corsarios se traslada a la San Miguel, con la prolijidad y rapidez de los avezados en tal oficio.
Consumado el robo y vueltos a bordo de la San Miguel Salazar y Vivaldo, pudo aquĂ©lla continuar su viaje y llegar a Santa Catalina sin otros incidentes conocidos o dignos de menciĂłn, el 16 de diciembre de 1550, donde tuvieron sus tripulantes la satisfacciĂłn de hallar la nave de Becerra. La otra naufragĂł en el ocĂ©ano. Desde Santa Catalina enviĂł Salazar por tierra a la AsunciĂłn, a CristĂłbal de Saavedra y cinco soldados, para que noticias en a Irala de la real provisiĂłn que nombraba a don Diego de Sanabria gobernador del RĂo de la Plata; y para que solicito de aquĂ©l enviarĂĄ a San Gabriel vĂveres y recursos que permitieran a los expedicionarios (los cuales se preparaban a continuar por mar pañeros realizaron felizmente su travesĂa por el mismo camino de AIvar NĂșñez y llegaron a la AsunciĂłn el 15 de agosto de 1551.Enterado Irala de la provisiĂłn y calculando que en aquella fecha estuvieran los expedicionarios en la isla de San Gabriel, enviĂł con presteza en su socorro a Nufrio de Chaves, “con bastimentos y gente prĂĄctica de la tierra”, el cual partiĂł de AsunciĂłn en setiembre de aquel año. RegresĂł poco a poco sin haber logrado noticias de ellos; bien que dejando en San Gabriel y, por orden de Irala, âmucho mantenimiento de carne y grano y aviso necesarioâ. Entretanto, preparĂĄndose los de la armada a continuar el viaje; mĂĄs un nuevo percance vino a dilatar su terminaciĂłn. Quebrantada por tantas peripecias, la San Miguel no se hallaba en estado de continuar la navegaciĂłn; y para evitar un naufragio que parecĂa inminente, viĂ©ndose obligados a echarla de travĂ©s. Abandonaron luego aquella costa inhospitalaria (que las repetidas malocas de los portugueses de San Vicente habĂan transformado en un desierto) y dirigirnos, para mayor desventura, al puerto denominado entonces Mbiaza, en 28°, 40′, segĂșn SĂĄnchez de Vizcaya.

