Administración de las aldeas en las campañas

En las aldeas y en las campañas, como en el fondo de las quebradas, la población tenía el sustento asegurado por natural abundancia y por propia sobriedad. Y, de añadidura, disfrutaba una ilimitada libertad. Aunque suene a paradoja, es verdad comprobada que la libertad era ley de la tierra, y el caballo su instrumento, su medio de ampararse contra todos. Muchos años después lo expresaría con singular elocuencia una anécdota del Chacho, referida por Alberdi: -Cómo le va, amigo Peñaloza.

-Cómo me ha de decir, amigo? En Chile y a pie. Era quizá uno de los mayores males para el hombre de las pampas y de las montañas: perder el caballo, prenda de libertad personal, y hallarse fuera de la tierra en que su espíritu andariego y sus correrías hallaban las mayores satisfacciones. Explicase de tal modo que el dinero fuese para él cosa secundaria. Lo ganaba con facilidad, cuando lo había menester, clavándose por breve tiempo, para costear sus vicios: la yerba tenía gran poder adquisitivo, comparado al de nuestros días. De 1575 en oro sellado, descendió de 3 a 2, según D’ Avenel. Un peso de 1800 era, por su poder de compra, equivalente a dos. Pero un peso de aquel año equivale a $4,96 curso legal de hoy, y por su poder de compra, a $9,82 curso legal. Por este múltiple y complejo conjunto de circunstancias, que se desarrollaron en espacio de más de dos siglos, fue formándose, en las tierras llanas y montañosas del territorio argentino, una nueva clase media, en la que, por fortuna para el porvenir de la nueva nación que ya entre veían algunos cautelosamente, no presentaba contrastes ni diferenciaciones profundas.

Con los datos de W. Robertson sobre la venta de la bula de la cruzada en el Perú hacia 1750, Pareto ha construido la curva de distribución de réditos monetarios. Esa curva es casi una recta. Despreciando diferencias ínfimas, y ajustándose una recta, ésta tiene una inclinación de 1,79, que representa el grado de desigualdad de los créditos monetarios. Pero gran desigualdad no significa gran miseria; ni tampoco una desigualdad menor significa necesariamente mayor bienestar; como puede darse una desigualdad menor, compatiblemente con un bienestar muy general. Entre los dos fenómenos no hay una interdependencia bien definida. Este último era el caso del Virreinato de Buenos Aires, en la zona vastísima de sus provincias bajas (territorio argentino). Si hubiera un dato tan cierto como el que Robertson proporciona para el Perú, comprobaremos una inclinación mucho menor que 1,79, y un gran bienestar. La inclinación de nuestros días, según los datos del impuesto a los réditos para 1938, es 1,40. La de 1800 sería seguramente mayor que 1,40 y menor que 1,79. Podría generalizarse sin mucha inexactitud esta certera observación de R. Jaimes Freyre, uno de nuestros mejores historiadores del interior: “La impresión que se desprende del estudio de este período de transición de la vida colonial a las azarosas agitaciones del período anárquico no es por cierto la de una miseria sórdida ni la de una lucha angustiosa por la subsistencia; es la de un modesto bienestar para las clases elevadas y la de una pobreza sin inquietudes en las inferiores.”

La nueva clase media, que es como decir la nueva clase gobernante, formada de nativos y también de no pocos peninsulares y extranjeros de otras procedencias europeas, tenía ya conciencia de su fuerza y de su ascendiente. Sentía como carga inútil y el peso de la dominación española, y tenía ya un vocero, un intérprete que daba formas doctrinarias, extraídas de la nueva filosofía social del siglo, a sus aspiraciones de independencia, tanto en el orden jurídico como en el económico. Apareció en 1794, y es justicia reconocer que le habían educado maestros peninsulares en Buenos Aires, su tierra natal, y luego en España, donde dio feliz término a sus estudios. Era el joven abogado de Salamanca, Manuel Belgrano. El hecho nada tiene de sorprendente. En las colonias españolas de América, como había ocurrido en las inglesas, las cuñas para ser buenas debían de ser del mismo tronco. Sobre este punto conviene despejar un equívoco con que algunos investigadores poco avisados suelen embrollar las cosas de la historia. Las doctrinas de los maestros de la ciencia social europea venían de España, y en España las había estudiado Belgrano, como muchos españoles eminentes. De ellas había sacado los jugos nutritivos con que fortalecería su mente y la de sus compatriotas. No hay duda, pues, que de España provenía la corriente espiritual que guiaba al país hacia su independencia política. Unos y otros, españoles y americanos, proponían; Dios disponía las cosas para que fuesen a la postre por los caminos de sus inescrutables designios, que tal es el real sentido de la historia.

En las Indias, los funcionarios reales de toda jerarquía, desde los más encopetados hasta los humildes covachuelistas, observaban con particular esmero la regla de la vieja sentencia popular: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Pero si los ojos del rey no alcanzaban a ver a sus funcionarios de Indias ni, por consiguiente, los descaminos de la real hacienda, sentía los aquél en su corazón, porque el choro monetario se adelgazaba de año en año, era por último un hilillo plateado que no aplacaba la voracidad de la Corte. Los funcionarios de Indias debían ser virtuosos, pero las virtudes eran en éstas harto más raras que las peluconas. Años después, el famoso Telésforo del Portillo, alias Sebo, personaje de uno de los jugosos episodios de Pérez Galdós, definiría en términos regocijantes, y en todo aplicables a sus hermanos de Indias, las virtudes burocráticas: “Yo tendré todas las virtudes conocidas y algunas más, el día en que me las valoren por moneda corriente.”